Misa exequial de Don Carlos Aguiar Manjarrez, Padre de Mons. Carlos Aguiar Retes

Escrito por Diócesis de Tepic

 

El 8 de diciembre de 2011 a las 10:00 hrs. se celebró la Misa exequial donde Mons. Carlos Aguiar Retes despidió a su padre, Don Carlos Aguiar Manjarrez. En la concelebración Eucarística estuvieron presentes Mons. Alfonso H. Robles Cota, Obispo Emérito de Tepic, los Obispos Auxiliares de Tlalnepantla Mons. Francisco Ramírez Navarro y Mons. Efraín Mendoza Cruz, dos diáconos y 50 sacerdotes. Además de familiares y amigos que llenaron la Catedral de Tepic.

Al comenzar la celebración el Arzobispo de Tlalnepantla afirmó: Al iniciar nuestra celebración en la que pedimos al Padre, y yo personalmente como Obispo, como sacerdote, como hijo, por mi padre, quien vino a unirnos hoy a todos como familia, en esta gratitud por su vida. Ahora el Señor lo ha llamado, ha terminado su misión, ahora pedimos al Señor que nosotros también en nuestra vida cumplamos con el proyecto de vida que Dios hizo para cada uno”.

 

Homilía

“Hermanos no queremos que ignoren lo que pasa con los difuntos para que no vivan tristes como los que no tienen esperanza”. Con estas palabras, San Pablo, nos indica que hay una forma para que al perder a alguien que queremos mucho no vivamos tristes, que hay un camino, que hay una manera de entender la pérdida como una ganancia. Y eso es lo que San Pablo nos indica, si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual manera debemos creer que a los que murieron en Jesús, Dios los llevará con él, y así estaremos siempre en el Señor.

Esta es la clave pero todavía tiene muchos misterios. Porque creer que Jesús murió y resucitó relativamente es un acto de fe que podemos hacer en nuestro interior, pero que no podemos constatar, no podemos verificarlo, lo vivimos en la confianza de creer en quien nos lo ha comunicado; por eso es importante que estas enseñanzas siempre las apliquemos y las entendamos a partir de nuestras propias experiencias, y en este camino me toca a mí compartir con ustedes mi propia experiencia. No les hablo propiamente como hablo al cumplir con esta tarea, por ser pastor de la iglesia, de clarificar el camino en general, hasta aquí bastaría para entender lo que nosotros estamos celebrando en esta Eucaristía.

Es importante hoy, más que antes, en este tiempo que vivimos, que nosotros hagamos este recorrido y dar testimonio de por qué creemos. Hay que dar razones de nuestra esperanza, no hay que compartir y comunicar simplemente la enseñanza desde su concepto, sino a partir de lo que vamos aprendiendo a lo largo de la vida.

Antes de entrar en esta experiencia y testimonio que quiero expresar, quiero recordar las palabras de la primera lectura que va también en esta misma sintonía, dice que el velo de la muerte se devela, porque llega una luciérnaga en aquel día que dirá: aquí está nuestro Dios en quien esperábamos que nos salvara, y es entonces en ese día que él arrancará el velo que cubre el rostro de todos los pueblos, es un misterio para toda la humanidad, el paño que oscurece a todas las naciones, destruirá la muerte para siempre y el Señor Dios enjugará la lágrimas de todos los rostros. Es decir, sólo la presencia de Dios, sólo esta relación de intimidad con Dios, es la causa de nuestra alegría y de nuestra clarificación de los misterios que afrontamos a lo largo de la vida.

Esta es la enseñanza tanto del apóstol San Pablo como del Profeta Isaías. Pero esta enseñanza ¿cómo la aplicamos? ¿Cómo la podemos vivir?

Mi experiencia inicial de niño fue en el seno de mi familia, por eso hoy estoy agradecido con Dios, por los padres que me dio. Porque en ese seno de la familia es donde recibe uno la primera experiencia del amor, amor gratuito, nadie lo pide, amor que se da por sí mismo.

Por la co-creación de los nuevos seres que tienen papás y mamás, el hijo recibe sin saber por qué todo el afecto y toda la confianza que le genera estar en brazos de mamá, en brazos de papá; de la mano de ellos crecer junto con sus hermanos que se van viendo también favorecidos de esta experiencia del amor.

En el seno de la familia está esta primera experiencia de amor gratuito, de amor humano. Es un amor de personas a quien sí vemos, que tocamos y palpamos, nos consta, no es algo que nos tengan que decir “mira tu mamá es aquella que te engendró y te ama”, lo estoy viviendo; “tu papá es el que cuida de ti y está contigo”, lo estoy viviendo. No es una enseñanza en conceptos, es una experiencia de vida. Cuando se tiene esta experiencia y se vivencía, uno crece con gran confianza en si mismo, se sabe digno, respeta a los demás en la convivencia fraterna. Hay que aprender a respetar a los hermanos, entenderlos, desde las diferentes formas de ser, toda esta experiencia familiar le hace a uno crecer en el aprecio del amor humano.

Aún sin entenderlo, esto que les digo hoy, es porque tengo 61 años, cuando lo viví ni cuenta me di, de modo consciente, solo lo viví. Pero esto me hizo descubrir la otra dimensión, la dimensión trascendente. Porque cuando papá y mamá hablan tienen autoridad sobre mi. Y cuando mi mamá me llevaba de la mano a visitar el Santísimo, me decía “ahí está Jesús”; y cuando veníamos a Misa el domingo, “vamos con Jesús”; y entonces uno le cree a su padre y a su madre, y empieza a descubrir este amor experimental, este amor divino.

Con los padres empieza a abrir uno una ventanita, un horizonte, de otro amor que sostiene este amor más grande. Empieza a creer, empieza a ver su fe en la trascendencia. Y el niño, particularmente, está en la mejor disposición de recibir; así me pasó, yo creí en Dios desde pequeño, le creí a lo que me dijeron y después a vi que eso era verdad, que Dios existe.

Pasas del amor humano a la fe, y de la fe empieza uno a descubrir como en pequeños momentos. Esto nunca se puede dar de un día para otro, el amor divino, la esencia de Dios, la relación entre el amor humano y el amor trascendente, el amor que nos acerca a ese misterio del Dios de la vida, va poco a poco creciendo en la medida que uno se deje conducir por las enseñanzas de Cristo.

Tuve la fortuna de descubrir, desde muy pequeño, que el Señor me llamaba, y le creí, y en la manera infantil –a los 11 años– de pensar cuando sentí que Dios me llamaba le respondí. Después vinieron las necesarias crisis: ¿será verdad? ¿no me estaré engañando? Pero el amor humano me seguía sosteniendo. Recuerdo muy bien cuando mi papá me dijo, yo pensaba para ti otro camino, la milicia, quería que fuera militar, porque él siempre quiso ser de la milicia y su papá no lo dejó. Pero a mi me dijo “pero yo no voy a ser como mi papá, yo te doy permiso de ir al Seminario, si tú quieres, pero si no quieres un día seguir ahí, tienes todo mi apoyo para regresar a casa”.

Este amor humano me hizo crecer en el amor divino. Este apoyo personal me hizo confiar en que tenía que descubrir si era o no verdad lo que yo sentía. Fue fundamental la familia, papá, mamá, hermanos, todos sabían que el Padre me llamaba, ellos me necesitaban y yo los necesitaba.

Y así crece la experiencia del amor humano, y sobre ese amor humano se sostiene la experiencia de descubrir el amor de Dios, va de la mano, y por eso considero que lo que soy lo he recibido del apoyo de todos, y por eso estoy agradecido; y creo que eso lo compartimos todos los hermanos, todos los nietos y bisnietos, y los que se han ido agregando a este gremio familiar.

Sobre de este seno familiar he descubierto el otro gran horizonte de la familia única, de la Iglesia, de la familia de Dios en base a esta experiencia de familia he crecido y he podido descubrir el amor, y que así como amo a mis padres y hermanos, amo a todos los que voy conociendo, como personas a quienes debo de servir y a quienes debo de amar. Y recibo lo mismo como lo estoy viendo ahora de todos los que me acompañan, de Tlalnepantla, de todos los padres de la Diócesis de Tepic, de quien fue mi Obispo aquí presente, Don Alfonso (Robles Cota), de quienes fueron muchos de ustedes evangelizados cuando fui sacerdote aquí en el Seminario, de quienes trabajaron conmigo, de tantos que poco a poco fui conociendo y creciendo el horizonte, y hoy me tiene con una experiencia mucho más amplia que jamás imaginé.

Yo nunca pensé que saldría de mi diócesis de origen, pensé siempre en servirla, y la sirvo cuando uno crece en esta experiencia, no le queda a uno duda. Yo creo, así como dice el Apóstol, hermanos no queremos que ignoren lo que pasa con los difuntos, para que no vivan tristes como los que no tienen esperanza. Esta es nuestra esperanza, y la va uno constatando a lo largo del tiempo, va uno madurando y va uno descifrando con experiencias increíbles como la que vamos regalando al Señor.

Hay un deseo que yo tenia de niño, que le pedía a Dios y me lo cumplió, poder estar con mis padres hasta que llegaran a edad avanzada. Mi madre muere de 74 años, de edad avanzada, mi padre de 88, y le doy gracias a Dios. Ahora sé que nos acompañarán más que antes, porque así lo siento con mi mamá, ahora con mi papá; es la experiencia fundante que sostiene, que hace caminar, que hace confiar y descubrir lo que dice el profeta, aquí está Dios, y no solamente está, sino como les decía ayer a los que estuvieron en la Misa, nos sostiene, estamos en sus manos, él nos lleva de su mano, él nos abraza, él nos ama a nosotros, y esta experiencia evidentemente y con este término, es lo que nos dice Jesús en el Evangelio y para mi ha sido el sostén de toda mi vida.

Aprendí desde niño que la fe se nutre con la Eucaristía… Yo soy el pan de la vida. Aquí venía a esta Catedral, a veces me traía mi hermano Paco a la Misa con Mons. González, de niño, de joven a Misa de 8 para participar de la Eucaristía, para comunicarlo cuando estaba de vacaciones del Seminario. En el Seminario siempre nos decían la Misa, pero hay que buscarla después, cuando está uno de vacaciones. Y aquí crecí creyendo que Jesús está presente en la Eucaristía, después como sacerdote me propuse que solo por causas de fuerza mayor dejaría de celebrar una Misa cada día. Así lo he hecho y eso me sostiene, porque en la comunión con él me mantengo vivo, fuerte, me mantengo con mucho ánimo y alegría para seguir adelante.

Eso se lo debo a mis papás, que después vi como también ellos iban siempre a Misa, cada día, yo no les dije nada, pero iban todos los días juntos, después a mi padre cuando quedó solo, también buscaba su Misa diaria. Jesús Eucaristía es el Sacramento que nos hace estar siempre creciendo en la fe, fortaleciéndola siempre y recibiendo, ya no sólo el amor humano, de hermanos, sino también el amor que Dios nos tiene como Pastor.

El último día que celebré la Misa a mi papá, porque estuve unos días con él, me llamó la atención, porque en el momento que mi padre estuvo más consciente, más despierto, me dijo “la Misa”, esa fue su última Comunión y el mismo día de su muerte.

Por eso se que está con el Señor, por eso la tristeza humana que sentimos, el vacío que deja se llena a la luz de la fe con la certeza espiritual que nos da Cristo el Señor. Así con esta satisfacción, no les quiero decir mucha doctrina, una experiencia de vida que me sostiene, que comparto con ustedes en estos momentos para compartir, que me alegra y me hace seguir adelante en lo que el Señor me va pidiendo.

Gracias a todos por su presencia. Gracias por estar aquí en este momento tan importante para toda la familia. Gracias y que el Señor también les regale la experiencia de vivir el amor.

 

Que así sea.

 

+ Carlos Aguiar Retes
Arzobispo de Tlalnepantla